Deborah Jafif en Pasaje 865
La palabra inspiración significa “recibir el aliento”. Largos debates surgieron a lo largo de la historia intentado entender de dónde proviene la chispa inicial que da origen a las obras de arte. Según los griegos, la inspiración supone que la artista alcanza un estado de éxtasis donde es transportada más allá de su propia mente y recibe los pensamientos de las diosas quienes guían su accionar. Deborah Jafif creció entre textiles y bordados frecuentando la sedería de su familia en el barrio porteño de Once. Este conocimiento temprano le permitió cultivar la intuición que la guía en la elección y combinación de los materiales. Sus creaciones nacen del encuentro fortuito de textiles e hilados que no fueron pensados para funcionar en un conjunto armónico. Sin embargo, Deborah respeta el proceso, escucha pacientemente que le sugiere cada trama, cada elemento, para crear ritmos cromáticos que nacen de la conjunción de las texturas más disímiles.
Zurcí con mis pieles una trama habitable interroga los materiales que se cruzaron en el camino de la artista. En un acto de hospitalidad hacia el espectador, Deborah lo invita a vestir sus pieles; esas pieles que se transformaron en hábitats de su intimidad protegida. Así, se activan los textiles como un encuentro comunal en donde la materialidad es la brújula que determina qué dirección seguir. Perlas, sedas, tanzas de nylon, alambres, media sombra, tules e hilos de tonalidades diversas se entrelazan para crear patrones de diseño que vibran al ritmo de un montaje de luces y sombras.
Antiguamente el textil se vinculaba con la música, con los sonidos, con un canto vital y dador de vida. Para tres de los hábitats que integran esta exposición se compusieron paisajes sonoros que manifiestan los ciclos de diferentes especies vegetales. Esta colaboración entre artistas evidencia la dimensión sonora que es propia de este arte ancestral. Los sonidos se activan cuando entran en contacto con una piel para flotar, vibrar y expandirse con sus brillos y colores en todas las direcciones. Aun así, hay espacio para buscar el silencio, para las notas que no suenan si logramos eliminar las referencias perceptuales y escuchamos el latir de nuestro cuerpo. Los paisajes sonoros y los silencios se alternan para componer una cartografía de lo sensible.
Zurcí con mis pieles una trama habitable apela a múltiples dimensiones sensitivas, creando un ambiente lúdico. En el recorrido se evidencia la posibilidad de descubrir las distintas pieles habitadas. Cada hábitat propone una relación particular con el cuerpo de quien lo dimensiona y con el espacio circundante, porque en esa trama y urdimbre propia del arte textil, se tejen los vínculos. Cada hábitat presenta distintos niveles de apertura en su trama que nos permiten mirar del otro lado y hasta encontrar aberturas de diferentes tamaños que funcionan como espacios de circulación o como posibles vías de escape. Así, lo visible, lo sonoro y lo táctil se conjugan para componer el punto de fuga, la salida, el escape de la trama del trauma. Sí, un hábitat se percibe como un ecosistema; un espacio que reúne las condiciones necesarias para la supervivencia de una especie; los hábitats de Deborah son espacios energéticos que reflejan los distintos momentos o estados que podemos atravesar en un ciclo vital. Son pieles, son huellas, son marcas en ese órgano humano que interpela el sentido del tacto y que nos generan el deseo prohibido -casi pecaminoso- de querer sentir las perfectas imperfecciones, las tramas y relieves, de palpar sus capas.





